Al menos en el trazo grueso, el histórico acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela se plantea como una apuesta promisoria para los ciudadanos de ambos países. Pero el dicho sostiene que el diablo está en los detalles, que aún no se conocen, y en la evolución de la situación política de la nación sudamericana y acaso en su misma historia.
La explotación del petróleo, que ha llegado a aportar el 96 % de las divisas extranjeras, apuntaló la transformación de la Venezuela rural del siglo XIX y principios del XX, asolada por las montoneras protagonizadas por caudillos regionales y la falta de un proyecto de unidad nacional, en una sociedad próspera con mando centralizado y una vibrante democracia en la segunda mitad de la pasada centuria. El petróleo es parte del ADN cultural de los venezolanos. Todo cuanto tiene que ver con su destino y explotación se considera como un asunto de supremo interés nacional y así se enseña en la escuela. De ahí la sorpresa ocasionada por el calado del pacto firmado por Washington y Caracas, que se ha desarrollado en la reserva más absoluta.