En el siglo XIII, alguien en el Monasterio de la Gran Lavra, en el Monte Athos, en Grecia, tomó un manuscrito de varios siglos de antigüedad y lo desmanteló. Sus páginas fueron borradas y reutilizadas, pasando a formar parte de la encuadernación de otros volúmenes. Esta práctica era habitual en la época: los materiales escaseaban y los libros deteriorados solían desmontarse para darles una segunda vida.
Ese manuscrito era el Códice H, una copia del siglo VI de las cartas de San Pablo y uno de los testimonios más importantes para el estudio del Nuevo Testamento. Lo que nadie pudo prever entonces es que ese acto de reciclaje dejaría una huella involuntaria que, siglos después, permitiría recuperar parte de lo que se daba por perdido para siempre.
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