
Catorce años después de que El Salvador firmara la paz para enterrar las armas de su sangriento conflicto interno, una ráfaga de fusil demostró lo delgada que era la línea que separaba la democracia de la barbarie
El asfalto frente a la Universidad de El Salvador (UES) todavía conserva, en la memoria invisible de sus grietas, el olor a gas lacrimógeno y la pólvora de una mañana que hizo retroceder el reloj del país. Era el miércoles 5 de julio de 2006.

